Es necesario circuncidarlos y ordenarles que observen la ley de Moisés (Hech. 15:5).

En el año 49, los apóstoles y los ancianos de Jerusalén —todos ellos judíos circuncisos— “se reunieron para ver acerca de este asunto” (Hech. 15:6). No se entregaron a un aburrido debate lleno de términos teológicos, sino a un animado análisis de las Escrituras. Se encontraban ante dos opiniones distintas defendidas con mucho ardor. El pasaje clave para resolver el problema fue Amós 9:11, 12, que indicaba que surgiría un nuevo pueblo, llamado por el nombre de Dios. Lo formarían quienes quedaran de la casa de Israel —hombres y mujeres que habían sido judíos, así como prosélitos circuncisos— junto con “gente de todas las naciones”, o sea, gentiles incircuncisos (Hech. 15:17). La idea estaba clara: los gentiles no tenían que circuncidarse para hacerse cristianos. Gracias a la Palabra de Dios y a la guía del espíritu santo, aquellos cristianos sinceros llegaron a “un acuerdo unánime” (Hech. 15:25). w12 15/1 1:4, 6-8

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