No pondré enfrente de mis ojos ninguna cosa que no sirva para nada (Sal. 101:3).

Sin duda, todo lo que pueda dañar nuestra conciencia y nuestra amistad con Jehová es una cosa que no sirve para nada bueno. Pero ¿pudiera darse el caso de que, sin querer, nos convirtiéramos nosotros mismos en una “cosa que no sirva para nada”? En cierto sentido, sí. ¿Cómo? Si lleváramos a otras personas a contemplar algo que les despierte malos deseos. Por ejemplo, caeríamos en este error si pasáramos por alto el consejo bíblico de vestir de modo “bien arreglado” y “con modestia”, o decencia (1 Tim. 2:9). Para saber si cierta ropa es modesta, no basta con nuestra propia opinión. Tenemos que examinar si pudiera herir la conciencia y la sensibilidad de quienes nos rodean. La paz y el bienestar de nuestros semejantes deben ser más importantes que nuestros gustos y preferencias (Rom. 15:1, 2). Afortunadamente, en las congregaciones hay miles de jóvenes que se arreglan de forma ejemplar. ¡Qué orgullosos estamos de ellos! Demuestran que no están “siguiendo sus corazones y sus ojos”, sino, más bien, esforzándose por agradar a Jehová en todo (Núm. 15:39). w11 15/7 1:12, 13

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